Miguel Hernández: cinco poemas para recordar al autor

Este sábado celebramos la muerte de uno de los nuestros, uno de los grandes. El 28 de marzo de 1942 moría Miguel Hernández de tuberculosis, encerrado en una prisión en la que debía pasar 30 años, aunque no llegó a cumplir la pena. Uno de los poetas y dramaturgos más importantes de España, Miguel Hernández fue perseguido durante la Guerra Civil española y su “poesía de guerra” es uno de los referentes de hoy en día. Original de Orihuela, Alicante, Miguel Hernández ha trascendido en el tiempo y en el espacio y hoy queremos recordar su muerte con cinco de sus poemas.

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Aunque toda su obra es imprescindible, hoy queremos resaltar estos cinco poemas de Miguel Hernández. ¿Cuál es vuestro favorito?

Tristes guerras

Tristes guerras, si no es amor la empresa. Tristes, tristes.

Tristes armas, si no son las palabras. Tristes, tristes.

Tristes hombres, si no mueren de amores. Tristes, tristes.

Canción última

Pintada, no vacía: pintada está mi casa del color de las grandes pasiones y desgracias. Regresará del llanto adonde fue llevada con su desierta mesa, con su ruinosa cama.

Florecerán los besos sobre las almohadas. Y en torno de los cuerpos elevará la sábana su intensa enredadera nocturna, perfumada. El odio se amortigua detrás de la ventana. Será la garra suave. Dejadme la esperanza.

Vientos del pueblo me llevan

Si me muero, que me muera con la cabeza muy alta. Muerto y veinte veces muerto, la boca contra la grama, tendré apretados los dientes y decidida la barba. Cantando espero a la muerte, que hay ruiseñores que cantan encima de los fusiles y en medio de las batallas.

Jornaleros

Jornaleros que habéis cobrado en plomo sufrimientos, trabajos y dineros. Cuerpos de sometido y alto lomo: jornaleros.

Españoles que España habéis ganado labrándola entre lluvias y entre soles. Rabadanes del hambre y del arado: españoles.

Esta España que, nunca satisfecha de malograr la flor de la cizaña, de una cosecha pasa a otra cosecha: esta España.

Escribí en el arenal

Escribí en el arenal los tres nombres de la vida: vida, muerte, amor.

Una ráfaga de mar, tantas claras veces ida, vino y los borró.

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